Quien lea las cuatrocientas páginas de “Operación Cóndor. Una década de terrorismo internacional en el Cono Sur” del periodista estadounidense John Dinges no encontrará una explicación original, ni una explicación a secas, de la instauración de las dictaduras sudamericanas en los años 70. Dinges no es historiador ni pretende pasar por tal. De modo que el lector de su monumental y meticulosa obra no descubrirá en ella las claves que le permitan comprender por qué en los países del Cono Sur ocurrió lo que ocurrió en aquellos años. Dinges se propone contarnos con pelos y señales la “Operación Cóndor”, la coordinación represiva a la que se abocaron los regímenes militares sudamericanos para exterminar a sus opositores en el exilio. La precisión, en apariencia obvia e innecesaria, viene a cuento del subtítulo del libro (“Una década de terrorismo….”), que no se verá reflejado en su contenido porque, a juzgar por lo que asegura el propio autor, la Operación Cóndor duró en rigor menos de dos años, lo que resulta un dato nada desdeñable, ya que el lector poco conocedor suele imaginar que estuvo en vigor desde el principio al fin de las dictaduras. Dinges sabe que la Operación Cóndor no cayó del cielo pero su repaso de los años que la precedieron es tan superficial (quizás inevitablemente superficial) que no llega a constituir una explicación propiamente dicha.
El libro de Dinges es, pues, una investigación periodística. Seria y rigurosa. Consultó miles de documentos desclasificados por los servicios de inteligencia y el Congreso estadounidenses (hasta agosto de 2003, fecha de la primera edición en inglés del libro), entrevistó a muchos de los altos funcionarios de su país que en aquellos años tuvieron relación con los países involucrados en la Operación Cóndor, a militares, diplomáticos, a varios de los más importantes dirigentes de izquierda de la época, leyó casi toda la bibliografía existente sobre el asunto y decenas de miles de páginas de expedientes judiciales iniciados contra responsables del Cóndor hasta la fecha de publicación del libro. En suma, un trabajo profundo y detallado, que tiene un mérito añadido: está escrito sobriamente, sin abundar en adjetivos y sin incurrir en ese maldito hábito de cierto periodismo que, no satisfecho con narrar e informar, pretende además decirle al lector lo que tiene que pensar. Es cierto que quien esto escribe está lejos de ser un experto en el tema, y que sólo conoce en profundidad los casos de Uruguay y Argentina, pero no ha detectado en el texto más que errores menores, como el de añadirle al ex presidente uruguayo Aparicio Méndez el título de general como si no bastase con el de dictador (¿un desliz propio de quien no puede concebir que haya dictadores que no sean militares?).
Aunque se adivina sin mayor esfuerzo la condena del autor al terrorismo de Estado, el relato de Dinges no es un cuento de buenos y malos, está alejado de los estereotipos, expone contradicciones y conflictos, sobre todo en lo que atañe al papel de la administración estadounidense y nos recuerda los delirios en que incurrió una parte de la izquierda de aquella época. En suma, una investigación documentada, bien escrita, aunque a veces incurra en un tic del quehacer periodístico cada vez más extendido: el suministro de detalles inciertos (del tipo “…y la cena estuvo regada con buen vino tinto chileno”) con el propósito, es de suponer, de darle más credibilidad al relato de unos hechos que no siempre están bien jerarquizados y que, así lo advierte el autor, refiere a una operación que curiosamente representó “en número de víctimas, sólo una pequeña parte de las violaciones masivas de los derechos humanos (…) pero adquirió una trascendencia única, tanto simbólica como legal, en el esfuerzo por llevar a líderes militares ante la justicia”. Quien no tenga más expectativas que la lectura de un relato que a veces adquiere el carácter de una novela policial, no se verá defraudado.
 
Son tantas las ramificaciones del tronco de la investigación de Dinges que no es posible comentarlas todas en este reducido espacio. Me referiré brevemente sólo a unas pocas…sólidas algunas, inciertas otras. Quedan inevitablemente sin comentar, entre otras, la transición de la política exterior cubana que va del apoyo a los movimientos revolucionarios a la reconstrucción de sus relaciones con los PCs y los gobiernos “progresistas” y el decisivo papel de la tortura en la estrategia represiva, más allá de la pretendida sofisticación del trabajo de inteligencia del que se ufanaban los genocidas. A medida que el lector va pasando las páginas no podrá evitar concluir que la principal preocupación de Dinges –expresada en el número de páginas que le dedica– está encaminada a develar las nada simples relaciones de la Casa Blanca, la CIA y el FBI con los gestores de la Operación Cóndor. La preocupación resulta comprensible si se repara en la nacionalidad del autor, pero conlleva algunos peligros, entre los cuales hay que mencionar la arraigada tentación de atribuirle a Estados Unidos la responsabilidad de cuantos males hemos padecido por estas latitudes. Entre otras cosas, el gobierno de ese país sólo pudo operar e influir en el curso de los acontecimientos porque en estos países existían unas condiciones y unos conflictos internos sin los cuales no es posible explicar el advenimiento de las dictaduras.
 
Hay que decir, sin embargo, que Dinges no incurre en ninguna simplificación al respecto. Casi nada está dicho a título expreso, pero de su meticulosa investigación se deduce que la administración norteamericana de la época estuvo lejos de actuar como un todo orgánico en lo que atañe a los crímenes de la Operación Cóndor, y que dicho comportamiento fue variando con los años a medida que el tema de los derechos humanos adquiría preeminencia en el mundo. Los pormenores que divulga el autor demuestran que las relaciones entre Washington y las capitales sudamericanas, en las que estaban involucrados tanto militares como espías y diplomáticos, podían caracterizarse de muchas maneras menos de sencillas y unívocas. Particularmente significativas resultan las páginas en las que se aborda el intento de los servicios de inteligencia estadounidenses de abortar los planes de los dictadores de atentar contra líderes opositores exiliados fuera de América Latina (la fase 3 del Cóndor). Como se sabe, esos servicios no pudieron impedir el crimen de Orlando Letelier en Washington, pero Dinges aporta suficientes pruebas documentales y testimonios que demuestran fuera de toda duda que las autoridades de Estados Unidos no estaban dispuestas a tolerar que los gorilas sudamericanos se extralimitaran. Una cosa era hacer la vista gorda frente al asesinato de unos cuantos guerrilleros, y otra muy diferente tolerar que se aniquilara a políticos opositores moderados con buenas relaciones con Washington. Mucho menos, que se lo hiciera en suelo estadounidense o europeo. Dinges tuvo acceso a buena parte de la correspondencia de la época entre el departamento de Estado y las embajadas en las capitales sudamericanas, de la que se desprende que Washington ordenó a sus diplomáticos que dieran a entender a los dictadores que no tolerarían semejantes tropelías. Algunos cumplieron la orden, otros no quisieron “ofender” a los dictadores. Es más, Dinges no duda en afirmar que la reacción del gobierno estadounidense frente al asesinato de Letelier supuso, de hecho, el fin de la Operación Cóndor o, más precisamente, el fin de su fase operativa fuera de la región. Lejos está el autor de absolver a su gobierno. Por el contrario, sugiere que pudo haber evitado la mayoría de los crímenes si hubiera tenido una política más enérgica frente a los dictadores. Una sugerencia que no deja de resultar curiosa, ya que es el propio Dinges el que demuestra que ni la dictadura chilena ni la argentina, mucho menos la brasileña, por poner los ejemplos más evidentes, eran regímenes bananeros susceptibles de ser presionadas para que se plegaran al diktat de Washington, como inexorablemente ocurrirá con el que actualmente impera en Honduras. A pesar de no ser su objeto primordial, el libro suministra una y otra vez datos que demuestran que, tanto por sus procedimientos como por sus fines, las dictaduras de los 70 fueron, por así decirlo, mucho más “modernas” –guiadas por una racionalidad instrumental atenta a la adecuación entre fines y medios empleados– que el estereotipo de la dictadura tropical de las décadas precedentes. Acaso la dictadura paraguaya fue la única que sobrevivió a su tiempo, y no es improbable que haya sido por eso que su caudillo lucía tan patético. La investigación de artesano de Dinges pone en evidencia los matices, las contradicciones y las ambivalencias de los funcionarios estadounidenses y por eso nos recuerda, se lo haya propuesto o no, que eso que se suele llamar el “sentido” de la historia es una construcción de los historiadores a posteriori de los hechos que narra, pero que la historia misma es algo mucho más abierto e indeterminado de lo que suponen quienes creen que los hechos del pasado siempre llevan impreso en la frente ese “sentido”. En otras palabras, es inútil ampararse en unas leyes supuestamente inviolables de la historia para concluir que los protagonistas de aquellos hechos estaban “condenados” a comportarse tal como lo hicieron. La conclusión del propio autor es que “Estados Unidos pasó de tener una actitud de respaldo a una de oposición cuando (…) se enteraron de los planes operacionales de la Fase tres (del Cóndor). EEUU no estaba dispuesto a avalar, ni siquiera por aquiescencia, el asesinato de líderes democráticos no violentos, como tampoco a tolerar una ola de asesinatos en Europa”. O incluso: “el asesinato de Letelier cambió radicalmente la actitud de la CIA frente a la Operación Cóndor”. Otorgarle a EEUU un papel desmedido en esta historia trae aparejada, por otro lado, la minimización de la importancia que tuvo la propia crisis de unas democracias demasiado averiadas como para ignorar en qué medida determinaron que, salvo en Chile, su desaparición no suscitara lamentos masivos. En este sentido, Dinges apenas sobrevuela el problema y lo hace de una manera fácilmente impugnable. Se refiere, por ejemplo, a la “embriagadora libertad que se gozaba en Argentina” durante el efímero gobierno del general Perón, el mismo bajo cuyo gobierno comenzaron los crímenes de la Triple A. No hablemos de los gobiernos del Uruguay de Bordaberry o la Bolivia de los 70, en la que democracia y dictadura se alternaban sin solución de continuidad. Otro tema vinculado a la Operación Cóndor (¿habrá que decir otro factor explicativo de la misma?) al que Dinges le otorga una sorprendente y desmesurada importancia es al surgimiento de la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR), fundada un par de años antes por el PRT-ERP argentino, el MIR chileno, los Tupamaros uruguayos y el ELN boliviano. Hay una cierta incongruencia en el relato de Dinges. Por un lado, hace afirmaciones tan contundentes e incontrovertibles como que la guerra revolucionaria que la JCR esperaba desatar “no pasó de una serie de sucesos menores” o que los grupos aislados de guerrilleros no eran “ni siquiera los blancos principales de la Operación Cóndor”. Y por otro lado, parece tomarse demasiado en serio las coartadas de los dictadores, cuando hace referencia a “la nueva y poderosa amenaza” de la JCR. Allí están para atestiguarlo las incontables páginas dedicadas a esa organización a lo largo y ancho del libro. Hay que decir que la centralidad otorgada a la JCR en la historia del Cóndor también puede estar influida por el desmesurado protagonismo que los propios revolucionarios se atribuían a sí mismos. Sea como fuere, lo cierto es que, con excepción de Argentina, en los tiempos en que se diseña la Operación Cóndor la guerrilla es casi un recuerdo del pasado. En Chile el MIR prácticamente no llegó a operar tras el golpe contra Allende, en Uruguay los Tupamaros habían recibido un segundo y definitivo golpe represivo y el ELN boliviano estaba tratando de resucitar de sus cenizas. Al margen de algunas iniciativas demenciales, como la guerra popular y prolongada en el monte tucumano, inspiradas en manuales de Vo Nguyen Giap, la JCR no pasó de ser una oportuna coartada para que los dictadores justificaran su política de tierra arrasada. Jorge Barreiro

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Enrique Rodríguez Larreta Piera, ciudadano uruguayo, con residencia legal en Montevideo, de 55 años de edad, casado, padre de 4 hijos, abuelo de 4 nietos, sin ninguna clase de antecedentes judiciales, deseo testimoniar de manera objetiva y sintética los hechos que me tocó vivir a partir del día 1º de Julio de 1976.